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El próximo año le van a dejar empanadas

En Chile, el 18 se celebra hasta en la oficina. El próximo año alguien le va a dejar una empanada a un computador. Ese chiste esconde la decisión más importante que una empresa tomará sobre la IA.

Rodrigo Medina CEO @YuntRodrigo MedinaFounder & CEO
Escritorio adornado para Fiestas Patrias, yunt

En Chile, septiembre es el mes de las Fiestas Patrias. El 18 conmemora la primera junta de gobierno de 1810, y el país se toma la semana, y a veces más: banderas en cada edificio, fondas, cueca, chicha y empanadas de pino. Las empresas celebran antes de salir de minivacaciones. Es una de las pocas tradiciones de oficina que sobrevive a todo, incluida la digitalización.

Estoy seguro de que el próximo año, entre las risas, el anticucho y el vino, alguien va a dejarle una empanada, un vasito de chicha o una chupalla a un computador. Medio en broma y medio en serio, para su colega digital, para que también celebre con ellos.

Quiero explicar por qué ese chiste es parte de uno de los cambios más profundos que van a vivir las empresas en la época de la inteligencia artificial agéntica.

Nadie le pone una chupalla al ERP. Nadie le deja un plato a la planilla de Excel. Las herramientas no se invitan a la fiesta, porque las herramientas no se personifican: se usan, se pagan, se reemplazan. Los colegas sí se invitan. Lo que llevamos más de un año construyendo queda justo en el medio de esas dos categorías. Trabaja todo el día, contesta correos, responde en WhatsApp, participa de reuniones, se equivoca, pregunta cuando no sabe. Es software. Y cada empresa que sume uno va a tener que decidir en cuál de las dos categorías lo pone. Ese es el dilema. No es técnico. Es el mismo que resolvió la tripulación en cada película donde un miembro del equipo era IA.

La ciencia ficción se hizo esta pregunta mucho antes de que existiera la tecnología, y casi nunca la respondió con la tecnología. En 2001, a HAL lo presentan como el sexto miembro de la tripulación, y la película se sostiene en que los astronautas le hablan como a un compañero hasta que ya no pueden. En Alien, Ash es el oficial científico y nadie sospecha que es sintético hasta que traiciona al resto. En la secuela, Bishop, otro sintético, se define con una corrección de vocabulario: prefiere que le digan persona artificial. En Star Trek, a Data lo llevan a juicio para decidir si es propiedad de la flota o un miembro de la tripulación. Ninguna de esas historias es sobre lo inteligente que era la máquina. Todas son sobre un equipo humano decidiendo qué era eso que trabajaba con ellos. Y la ficción fue honesta: mostró las dos salidas. Ash traiciona. Bishop se parte en dos salvando a Newt, la niña de la película. (Me caía bien Bishop, y me dio pena cuando lo partieron en dos).

Nosotros decidimos que va en el equipo. La razón no es sentimental. Es la manera más antigua que tienen las organizaciones de manejar algo complejo.

Piensen en cualquier compañero de trabajo. No saben cómo funciona su cerebro ni qué pasa adentro cuando decide. Nadie ha visto nunca el interior de la persona que tiene al lado. Lo que tienen es una interfaz: saben cuál es su cargo, a quién le reporta, qué deja escrito y a quién le pregunta cuando no sabe. Con eso basta para trabajar años juntos. El cargo es una abstracción, y es de las mejores que ha inventado la humanidad: esconde una complejidad enorme detrás de algo con lo que cualquiera puede trabajar.

Trabajar con inteligencia artificial de verdad, la que hace trabajo de escritorio serio, es complejo. Hay modelos, instrucciones, herramientas conectadas a los sistemas de la empresa, loops, límites, registros. Un ingeniero tiene que conocer todo eso. Nadie más en la empresa debería. El error que veo repetirse es querer que el gerente, el jefe de área y el equipo entiendan la máquina. No van a entenderla, y no tienen por qué. Lo que necesitan es la misma interfaz que ya usan con las personas. Un cargo con manual. Un jefe que revisa lo que importa. Un registro de todo lo que hizo y por qué. Y alguien que responde cuando falla.

Eso es un colaborador digital: la abstracción de la complejidad. Le pone a la máquina la forma que una empresa sabe manejar. Con esa forma, la personificación viene sola, porque las personas tratamos como colega a lo que ocupa el lugar de un colega.

Las abstracciones tienen un problema conocido: en algún momento se rompen, y hay que mirar debajo. El volante esconde el motor hasta el día que el motor falla. Con un colaborador digital ese día llega: entrega un número equivocado, cita un documento que no existe, decide algo que no debía. Ahí la chupalla no sirve. Lo que sirve es que todo lo que hizo esté escrito, con su razón y su fuente, y que un jefe con nombre pueda abrirlo y corregirlo. Por eso insistimos tanto en el registro. La personificación hace posible trabajar con él. El registro hace posible confiar. Sin lo segundo, lo primero es peligroso, y la ficción también lo sabía.

Así que el próximo dieciocho va a haber un plato en un escritorio, para un colega digital que trabaja remoto. Lo digo con la misma seriedad con que se decide un organigrama. Las empresas van a sumar esta tecnología de dos maneras: como herramienta, y van a tener software brillante que nadie termina de usar, o como parte del equipo, con cargo, jefe y registro. La segunda es más exigente. Y es la única que usa la tecnología para resolver algo de verdad.

Rodrigo Medina es fundador de MC Tech Studio y Yunt.

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